Interstellar y la ciencia del amor

Hace cosa de un año y medio se estrenaba Interstellar, película de Christopher Nolan medio-inspirada en (y medio-homenaje a) 2001, de Kubrik. Fue la sensación del momento, al menos en el mundillo de la scifi, y pocos prescindieron de opinar sobre los más variados aspectos de la misma, ya sobre lo acertado del desarrollo de los acontecimientos según la física relativista, ya sobre el mensaje bastante poco velado de que la exploración espacial bien podría ser la única solución a una posible futura crisis climática planetaria. Un elemento que tampoco escapó al escrutinio popular fue lo que para unos fue una simple frase moñas de la protagonista pero, para otros, una desacertada magufada: “El amor es lo único que podemos percibir que trasciende el tiempo y el espacio”. En su momento anduve reflexionando sobre ello y pensé en organizar mis ideas y escribir algo pero ha tenido que llegar un debate tuitero mucho tiempo después para retomar el asunto.

Todo se originó con el retuit de @lemucamu de esta imagen, que contiene lo que parece un comentario de facebook de un tal FrikiRatos:

Intestellar

Cuando lo leí pensé “coño, si eso es -más o menos- lo que pensé yo en su momento“. De ahí se ha generado una discusión, que podéis leer en este hilo de tuits, en el que yo defiendo que la frase del amor trascendiendo  el tiempo y el espacio no es una magufada y que tampoco, siquiera, es una metáfora, sino que en la película resulta algo tan real como la vida misma. Si habéis olvidado la historia ésta a grandes rasgos consiste en que ante la inminente desaparición de la vida humana en la Tierra se envía una misión espacial a través de un misteriosamente aparecido agujero de gusano que traslada a sus tripulantes a un sistema formado por un enorme agujero negro (Gargangtúa) en el que, por efecto de la física relativista, un escaso periodo de tiempo para los astronautas supone años, sino décadas, en casa. El asunto personal recae en que el piloto de la misión, interpretado por Mathew McConaughey -obviamente he tenido que buscar el nombre en google-, parte dejando a su hija, una muy inteligente niña a la cual, si vuelve a ver, lo hará tras lo que para ella serán décadas.

McConaughey-crying-in-Interstellar.jpg
Momento en el que el piloto ve los videomensajes que muestran el paso de los años de sus familiares tras realizar una misión de escasas horas en un planeta próximo a Gargantúa.

Tras distintas peripecias el protagonista cae al agujero negro y por obra de una inteligencia más avanzada -una humanidad del futuro- entra en un teseracto que le permite interactuar, de forma casi imperceptible pero interactuar al fin y al cabo, con la habitación de su hija a lo largo de distintos momentos de su vida.

Y ahí es donde entra en juego, creo yo, el amor como lo único que podemos percibir que trasciende el tiempo y el espacio pues es gracias única y exclusivamente a la íntima conexión entre el protagonista y su hija que éste puede transmitirla un mensaje -datos sobre la realidad existente en el interior del agujero negro- con el que ella, genio en física, podrá completar una teoría con la que desarrollar una tecnología para manipular la gravedad y, así, conseguir que la humanidad pueda emprender el éxodo de la moribunda Tierra. ¿Y dónde, preguntaréis, entra aquí en juego el amor? Pues, creo yo, en esa comprensión mutua entre padre e hija que en primer lugar le permite llamar su atención con los juegos de gravedad, incentivar después a que aprenda el código morse al plantear de esta forma un mensaje con los libros y el armario y, finalmente, enviarle el paquete de datos en forma de pulsos en el reloj que él mismo la regaló meses -o años, según el cómputo de ella- atrás. Pero es que vamos a ver, sólo tenéis que pensar en el zote del hermano: si el padre le hubiera mandado la clave del universo en un reloj de pulsera lo más probable es que éste lo hubiera vendido en el pueblo para comprar una reja para el arado. Es, simplemente, y ya digo que a mi entender, una forma genial y preciosa de conjugar el aspecto más hard de la ciencia ficción, la física relativista y los agujeros de gusano, con el elemento más hermoso del amor, que es la complicidad perfecta entre dos personas.

Obviamente el amor no trasciende el tiempo y el espacio como un ente consciente, un monstruoso cupido cosmonauta armado con la fuerza de miles de supernovas, pero según está planteada la película -por el motivo que sea McConaughey no puede aparecerse como sí hizo Dave Bowman en la peli 2010, y decir claramente “el interior del agujero negro es así o asá y cumple o no cumple el teorema de Penrose y Hawking”- es sólo únicamente mediante el nexo padre-hija por el que se resuelve la trama. De ahí surge otro elemento de polémica: en el hilo anteriormente mentado se arguye que “la película plantea que el amor funciona como la magia cuando no en realidad no es más que química”. Ya he explicado que no es magia sino comprensión íntima entre dos personas pero… ¡Que no es más que química! Eso me ha dolido a nivel epistemológico y metodológico. El principio de las propiedades emergentes, que tan bien describe el biólogo Edward O. Wilson en Consilience, no es una simple elucubración filosófica: aunque las partes constituyentes de un conjunto funcionen de acuerdo con sus propias leyes el conjunto, más complejo, se comporta siguiendo unas dinámicas que, sin contravenir las leyes de los elementos del nivel inferior, son impredecibles e, incluso, pueden llegar a ser contraintuitivas. La física clásica es la base de la química pero no es suficiente para comprender los mecanismos de las reacciones químicas, así como la química es la base de la biología pero no es suficiente para comprender el funcionamiento de cuestiones avanzadas de la fisiología o la medicina.

Así, la biología es la base de la cultura pero, de igual modo, no es suficiente para comprenderla y explicarla. Hay manifestaciones culturales que superan esos principios biológicos básicos como, por ejemplo, el incesto o la castidad. Hay procesos históricos que superan esos principios biológicos básicos como, por ejemplo, la coevolución gene-cultura. Y hay sentimientos que superan esos principios biológicos básicos como, por ejemplo, el amor entre una pareja estéril o que, siendo fértil, ha decidido no obstante no tener hijos. Naturalmente que el amor funciona a un nivel físico, químico y biológico -impulsos eléctricos, hormonas, etc.- pero tiene, a su vez, varios componentes emergentes que sólo pueden estudiarse a escala mental -a través de la psicología- y cultural -mediante la etnografía y la historia e, incluso, la etología. Las distintas disciplinas de las ciencias humanas o sociales tienen, como ya hemos comentado por aquí, sus propias problemáticas. Hay quien plantea incluso, rozando la herejía sientífica, que existen importantes factores de difícil o imposible cuantificación pero muy relevantes en el plano de lo real ¿Cómo llegar a ellos? En eso andamos. Hay quienes dicen que mediante la empatía, la introversión, la fenomenología, etc. A mí no me convence pero, naturalmente, para caminar por lo desconocido también hay que dar palos de ciego. Es sabido que yo soy un apestado cuantitativista -en la lectura de mi tesis se me llegó a decir que me pensaba que la arqueología era sólo números y no personas, @metronax puede corroborarlo- pero reconozco, no obstante, que a los posmos no les falta algo de razón. Un poco de posmo al año no hace daño.

@MagnificoElMulo

Interstellar y la ciencia del amor

La teoría de la historia (marxista) de La Fundación de Asimov

El Imperio galáctico, entidad política que gobierna los miles de planetas habitados por el ser humano de la Vía Lactea y cuya poder se concentra en el planeta-ciudad de Trántor, ha caído. Bueno, en realidad no ha caído. El emperador sigue en su trono, la camarilla cortesana sigue ejerciendo el poder ejecutivo y los generales y sus tropas siguen controlando las provincias… pero el matemático Hari Seldon así lo ha pronosticado. Mediante la psicohistoria, técnica consistente en analizar millones de datos sobre las tendencias económicas, sociales, etc. de grandes conjuntos de personas, este hombre ha previsto la continuidad del Imperio como algo imposible y la apertura de un periodo de miles de años de atomización y guerras continuas como algo inevitable. Sin embargo, sus modelos matemáticos predicen una solución factible: mediante el establecimiento de dos fundaciones encargadas de conservar el saber científico y técnico del apogeo imperial a ambos extremos de la Galaxia se podrá alumbrar en unos pocos siglos una nueva etapa de paz, progreso y prosperidad.

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Representación del anciano Hari Seldon, cuyas grabaciones en forma de holograma periódicamente se aparecen para explicarles a los habitantes de La Fundación la lógica psicohistórica del desarrollo de los eventos pasados.

Con este argumento arranca Fundación, serie de novelas de ciencia ficción mediante las que Isaac Asimov especuló sobre el futuro de la humanidad. Asimov no sólo fue un maestro de la ciencia-ficción  (uno de los denominados como “tres grandes” junto con Clarke y Heinlein) sino también un gran divulgador de la ciencia a lo largo de todas sus disciplinas. Baste destacar que es uno de los pocos autores, sino el único, que ha publicado obras en 9 de las 10 categorías del Sistema Dewey. Su interés por la historia es de sobra conocido dado el éxito de su serie “Historia Universal” y, de hecho, parece ser que fue la lectura del clásico Historia de la Decadencia del Imperio Romano de Gibbon lo que le sirvió de inspiración para escribir la saga de la Fundación.

Es frecuente que historiadores de todo tipo especulen con el principio que subyace a la saga de Asimov, ése que plantea que conociendo con la suficiente precisión y amplitud el pasado sería posible identificar las dinámicas que rigen los mecanismos de los procesos históricos y, así, llegar a predecir el futuro. De hecho entre los distintos ensayos divulgativos que he leído últimamente me vienen a la cabeza Armas, Gérmenes y Acero (1997) de Jared Diamond, De Animales a Dioses (2011) de Yuval Noah Harari o Civilización (2012) de Niall Ferguson como ejemplos donde se reflexiona –muy sucintamente- sobre este aspecto. En todo caso, hay que decir que este ejercicio no es que sea algo novedoso.

Ya en la época de la Ilustración diversos autores –Voltaire, Condorcet o Adam Ferguson- consideraron factible indagar en el pasado para proyectar hacia el futuro las tendencias que quisieron o pudieron identificar. Todos ellos, así como sus herederos intelectuales del s. XIX –los antropólogos Edward B. Tylor y Lewis H. Morgan-, concebían el futuro como la continuación de un proceso lineal siempre ascendente en el que los distintos aspectos de la cultura humana (ciencia, tecnología, instituciones, etc.) avanzaban poco a poco, de forma continua y progresiva, siempre en proceso de acumulación y perfeccionamiento. Pero a mediados de ese s. XIX apareció un nuevo actor que le dio le dio una vuelta de tuerca a ese planteamiento. Karl Marx describe sucintamente en su Manifiesto Comunista (1848) y ya de forma más detallada en otras obras posteriores como, por ejemplo, Contribución a la Crítica de la Economía Política (1859) o el célebre El Capital (1867), una forma de entender la historia según la cual el progreso avanza en dos ritmos bien diferenciados. Uno de ellos sería lento y continuo que ya conocíamos, el cual se corresponde con el desarrollo de las fuerzas productivas –fuerza de trabajo, objeto de trabajo, instrumentos de trabajo, etc.- dentro de un mismo modo de producción, que es la forma en la que se organizan esas fuerzas productivas en función de cómo se distribuye el trabajo y cómo se reparte el producto. El otro sería rápido y tumultuoso y se correspondería con el paso de un modo de producción agotado a otro nuevo, nacido de las contradicciones que aflorarían en las etapas finales de desarrollo del anterior. El ejemplo paradigmático de este segundo ritmo sería el paso del modo de producción feudal al modo de producción capitalista, con la nueva clase emergente –la burguesía- dirigiendo la revolución social y política contra la vieja aristocracia en la Revolución Francesa de 1789 y las que la siguieron.

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Alegorías de la revolución burguesa, a la izquierda, y de la revolución socialista, a la derecha, cuyos paradigmas son las revoluciones francesas (1789, 1830) y la soviética (1917).

Volviendo al tema de Asimov y la saga de la Fundación, no creo que sea nada nuevo identificar los muchos elementos de inspiración histórica que se presentan de forma nada velada entre sus páginas. En el primer libro parece bastante claro que Términus, el planeta que alberga la Fundación, funciona en cierta medida como los monasterios altomedievales custodios del saber antiguo en una época de decadencia, o que los príncipes comerciantes que posteriormente la gobiernan son un remedo de cómo se organizaron entidades políticas bajomedievales como las ciudades estado italianas o las de la Liga Hanseática. Asimismo, en el segundo libro hay pocas dudas de que el general Bel Riose no sería sino ese Belisario que tantas conquistas efímeras le dio a un imperio débil como fue el Bizantino. Pero mi intención no es centrarme en estos paralelismos, que no son sino guiños o elementos de inspiración puntual, sino pasar directamente a la teoría de la historia subyacente a la saga en su conjunto. Y creo que Asimov, que obviamente no era marxista -según tengo entendido fue toda su vida un simpatizante algo heterodoxo del Partido Demócrata-, utilizó para La Fundación el modelo marxista de la historia de forma bastante evidente, lo cual no deja de sorprender dado que la trilogía original –luego hubo secuelas y precuelas- se escribió entre 1942 y 1953, cuando en Estados Unidos emergió la caza de brujas antimarxista del macartismo, especialmente furibunda con intelectuales y artistas.

¿Por qué digo que Asimov se inspiró en el modelo marxista de la historia? Pues porque a lo largo de los capítulos de La Fundación el progreso histórico avanza alternando periodos de ritmo lento, de desarrollo de las fuerzas productivas, con periodos de ritmo rápido, en los que se suceden los cambios políticos revolucionarios que en las novelas se denominan crisis Seldon. La narración se centra en los vaivenes de distintos personajes a lo largo de sucesivas generaciones, pero de fondo se puede captar con bastante claridad el marco histórico donde acontecen las pequeñas historias. Estos son dichos ciclos (los años se consignan en referencia al establecimiento de La Fundación, siendo DF “después de La Fundación”):

1-50 DF. Periodo de los enciclopedistas. Por orden del poder imperial se constituye La Fundación en  una región de planetas agrículas en régimen de latifundio en un extremo de La Galaxia en un planeta concreto, Términus, donde el gobierno (la Junta de Síndicos) subordina toda actividad económica a cumplir el mandato de crear una Enciclopedia Galáctica que recopile el saber cultural y científico del momento. Como consecuencia de acumular la tecnología puntera del Imperio, en dicho lugar se favorece el desarrollo de las fuerzas productivas, principalmente mediante la generalización de la energía nuclear.

50 DF. Primer golpe de estado de Salvor Hardin, alcalde nominal de Términus, quien en una rápida revolución depone a la Junta de Síndicos, se hace con el control del planeta y abre el comercio con los planetas agrícolas circundantes, ahora estructurados en forma de reinos aristocráticos independientes. Así, La Fundación comienza a nutrir de tecnología nuclear y trabajadores especializados a estos segundos.

51-80 DF. Periodo de los alcaldes laicos. Los planetas agrarios  desarrollan sus fuerzas productivas gracias principalmente a la energía nuclear. Aunque todavía se encuentran políticamente organizados en forma de reinos autónomos, paulatinamente van siendo más dependientes del conocimiento especializado de La Fundación que, a su vez, se va envolviendo en un halo de misticismo religioso.

80 DF. Segundo golpe de estado de Salvor Hardin, quien se erige como cabeza de la institución técnico-religiosa que organiza el suministro de energía nuclear a los planetas circundantes a La Fundación consiguiendo, de este modo, su subordinación política efectiva.

81-c.250 DF. Periodo de los alcaldes religiosos y los comerciantes. Las fuerzas productivas de La Fundación (Términus y los planetas bajo su dominio) se desarrollan en forma de toda una gama de bienes de equipo y de consumo basados en la tecnología nuclear miniaturizada. Esto genera una nueva clase de comerciantes dedicada a su distribución más allá del espacio político de La Fundación, hacia regiones tecnológicamente atrasadas.

¿250 DF? Intento de revolución de los comerciantes. El desarrollo del periodo anterior genera una nueva clase de mercaderes que, una vez enriquecida, toma el poder gracias a la elección del comerciante Hober Mallow. No obstante con posterioridad (en el libro no se narra el evento pero sí se menciona de forma indirecta) se instaura una monarquía de antiguos comerciantes, la dinastía de los Indbur, que no favorece la continuación del proceso sino que inicia un proceso de involución al castrar la actividad comercial sometiéndola al control del poder central.

c. 250 DF-c. 300 DF. Periodo del monopolio comercial. La aristocracia hereditaria que ejerce el poder político de La Fundación controla la mayor parte de la nueva fuente de riqueza, el comercio, pero en las regiones periféricas aparecen pequeños comerciantes descontentos con el control ejercido por el poder central.

300 DF. Insurrección de los pequeños comerciantes que debería haber conducido a una revolución democratizadora (en el sentido liberal-demócrata) de La Fundación. Sin embargo es un suceso que no llega a ocurrir debido a la irrupción de El Mulo, un mutante capaz de controlar las emociones de grandes grupos de personas el cual conquista La Fundación: un imprevisto que rompe la línea de predicción psicohistórica del Plan Seldon.

Si analizamos desde la perspectiva marxista es posible identificar tres modos de producción en estos primeros trescientos años de La Fundación. El primero, que podría llamarse despótico-científico, es el que rige las décadas hasta que dicho saber cristaliza en una tecnología que transforma la economía y la sociedad del planeta Términus, culminando con la revolución “tiránica” (en el sentido griego) o “populista” de Hardin. El segundo, que podría llamarse modo de producción nuclear-religioso, se extiende primero a la periferia, transformándola económica y socialmente primero y políticamente después con el segundo golpe de estado de Hardin. La superación de dicho modo de producción arranca con la toma del poder por parte del comerciante Mallow, efímera, y habría culminado con la revolución liberal-democrática frustrada por la irrupción de El Mulo. El tercero sería ya un modo de producción bastante parecido al capitalista el cual habría favorecido dicha clase comerciante de haber tomado el poder.

Naturalmente que La Fundación da para hablar de muchos más aspectos de teoría de la historia, como por ejemplo sobre el impacto de un solo agente excepcional (el psíquico Mulo) en las dinámicas económicas, sociales y políticas de larga duración o sobre la capacidad de dirigir o corregir el proceso, el caso de La Segunda Fundación que en este post no se menciona y que pasa a protagonizar la segunda mitad de la segunda novela y toda la tercera. Pero en cuanto a lo que aquí se ha descrito, esto es cómo se suceden los ritmos históricos y la relación entre infraestructura (economía), estructura (sociedad) y superestructura (política e ideología), La Fundación sabe fuertemente a marxismo.

La ciencia ficción es un género articulado en torno a la especulación de los “what ifs” pues, por un lado, parte del supuesto en el que una o varias tecnologías revolucionarias se desarrollan y hacen aplicables y, por el otro, explora las consecuencias, no ya fantasiosas, sino lógicas y plausibles en el campo económico, social, político e ideológico, de su generalización. Se ha escrito sobre el efecto de la aparición de androides e inteligencia artificial, del contacto con culturas alienígenas tecnológicamente más avanzadas, del desarrollo de viajes interestelares, de la invención de los viajes en el tiempo, etc. y se ha hecho mucha especulación sobre su impacto en la vida mundana del ser humano, aspecto que en ocasiones se ve muy fuertemente influenciado por la sociología y la antropología. Así, la ciencia ficción sirve no sólo para entretenernos sino para divulgar el saber científico tanto de las ciencias “duras” o naturales como también, qué duda cabe, de las humanas o sociales. Y a este segundo respecto la historia, que también ha sido abstraída y modelizada en el campo intelectual, tiene su pequeño hueco. O, gracias a Marx y a Asimov, su gran hueco.

@MagnificoElMulo

La teoría de la historia (marxista) de La Fundación de Asimov

Cartago

**Nota. Esto lo escribí hace unos cuantos años (9, nada menos) y hoy lo resucito para este blog**

Cartago, la ciudad de los cuatro continentes… ¿Que porqué la llamo así? Un periplo a través de la Historia la ha llevado a una situación peculiar. Cuatro fundaciones en cuatro contextos diferentes, encadenadas por un mismo espíritu.
Primero apareció Tiro, en el II milenio aC, cabeza de Fenicia, en la costa mediterránea asiática, al sur de Asia menor… dedicada a Abibaal, la cual volcó su actividad hacia el comercio como todo el pueblo fenicio, única manera de sobrevivir rodeada como se encontraba de belicosos Imperios conquistadores como Egipto, Asiria, el reino de Hatti… Fué en esa necesidad comercial cómo se extendió a lo largo del Mediterráneo, hacia las bárbaras tierras de Europa y del norte de África, en busca de metales, grano, ganado y esclavos… y, en ese contexto, en el s.IX aC, los aristócratas de Tiro fundaron, encabezados por la princesa Elisa, una ciudad en el norte de África, Cartago, cuyo nombre evidencia la intención de sus fundadores, Kart-Hahdta, ciudad-nueva, la sucesora, que con el tiempo, caida de Tiro mediante bajo yugo asirio en el 575 aC, la relevó en el liderazgo y la gestión de esas rutas comerciales que unían occidente con oriente, con la peculiaridad que ahora aparecían nuevos tintes en los fenicios de Cartago, matices que permitieron denominarlos púnicos, los fenicios de occidente. La ciudad prosperó y extendió sus redes comerciales, entrando en conflicto con aquellos que buscaban lo mismo, los griegos, y posteriormente el poder recién nacido y balbuceante que llevará a constituir el Imperio que más ha dado que hablar en la Historia, Roma. Los intereses púnicos y romanos entraban en contradicción, y la guerra se hizo inevitable, lo que llevó a los romanos a arrebatar a Cartago sus dominios de Córcega, Cerdeña y Sicilia. Por tanto Asdrúbal “el hermoso”, yerno de Amílcar Barca, optó por expandirse por nuevos territorios donde obtener recursos para hacerle frente a los romanos, territorios como `i-span-ya (Hispania), donde se fundó la ciudad destinada a efectuar el poder real de los cartagineses en Europa, Kart-Hahdta de Ispanya, o, como fue llamada por los romanos, Cartago Nova (que, curiosamente, en púnico sería Kart-hahdta-hahdta, ciudad-nueva-nueva), pero en el desarrollo de las guerras púnicas ni siquiera el gran Aníbal Barca, el mayor genio militar de la Historia, pudo frenar el ímpetu latino y la joven urbe pasó a manos del Imperio en expansión. Y tras siglos y siglos, nuevas religiones, nuevos poderes… hicieron que Cartago Nova, en los tiempos que corrían llamada Cartagena, sufriera el dominio de visigodos, bizantinos, árabes, castellanos y aragoneses para finalmente formar parte de los dominios de Carlos V, cuando, en 1533, se fundó en el proceso de colonización de la recién descubierta América, Cartagena de Indias por Pedro de Heredia, en la actual Colombia, uno de los puertos más importantes que comunicaron América con España.

Así la “Nueva ciudad” tiene presencia en Asia, África, Europa y América como consecuencia de sucesivas aventuras de diversas gentes, con diferentes objetivos, pero compartiendo el ánimo de explorar e ir más allá, el espíritu antecessor o descubridor que a veces lleva al ser humano a abandonar las comodidades del hogar para arriesgarse y quizás perderlo todo… o ganarlo. Pero nuestros fundadores, ganaran o perdieran, lo que sí lograron fue ser recordados, hoy, siglos y milenios después de sus vidas.

@MagnificoElMulo

Cartago

Contaminación atmosférica y quince siglos de Edad Media

Últimamente he estado leyendo de forma irregular y discontinua un libro que me parece bastante interesante, “El retorno de los chamanes” de Víctor Lapuente (Ed. Península, 2015). Tiene múltiples puntos de interés y algunos de ellos los he venido comentando brevemente en Twitter, pero aquí quiero mencionar un dato que me llamado la atención. Lo reseño a continuación, son un par de párrafos de la página 113:

lapuente113.jpg

Aquí se esboza una nueva posible metodología para datar cuantitativamente la verdadera “duración socioeconómica” de un periodo histórico como, en este caso, la Edad Media. Se requeriría más extracción y tratamiento de datos que sólo el del hielo noruego, pero me ha parecido un enfoque francamente interesante para quien sea amigo de un mayor empirismo y matematización de la ciencia (en este caso la historia) y el conocimiento humano en general. Sin menoscabo de otras clasificaciones, siempre es deseable buscar demarcar periodos de una forma más objetiva que política (pese a que siempre tiene peligros y desenfoques).

En lo concerniente a la generalidad del libro, si alguien quiere ver de qué trata el libro en líneas generales (aunque con cierto detalle) con una hojeada rápida, recomiendo leer las Tablas 1 (p. 22), 2 (pp. 37-39) y 3 (p. 314), así como la Recapitulación (pp. 316 y ss.). En resumen, una aportación estimable y muy recomendable para no dejarnos llevar por los cantos de sirena en que pueden incurrir todos los partidos.

@metronax

Contaminación atmosférica y quince siglos de Edad Media

“Pepe frente a la aporía”

jgd

“Pepe frente a la aporía”

García Domínguez, José,
así se llamaba en la escuela
quien después no tendría abuela
por todo lo que va a leer.

Militó en PSUC, pues aquel
quiso derrotar al franquismo,
aunque acabó en el socialismo
en su adánico acontecer.

Al ver que en PSC no habría
quien logre llegarle a la suela,
volver a la Facultad fue la
estoica opción que tomaría.

Su currículo no podía
explicar años de absentismo
dedicado, ya sin marxismo,
a socialista casquería.

Y es que, para poder comer,
recaló de nuevo en la escuela
donde la Economía cuela
a tercos niños con acné.

A fuerza de tanto impeler,
se pasaría al periodismo
y abrazaría el derechismo
que antes no quería con él.

La liberal ideología
en sus escritos al fin vuela
y con ello a su alma consuela
de lector de categoría.

Mas la Gran Recesión vendría
a destrozar otro utopismo
e inocular en él cinismo,
dejándonos en la aporía.

@metronax
“Pepe frente a la aporía”

La canción protesta pos-canción protesta

Como es bien sabido todos los artistas son unos rojeras que pese a no dar palo al agua utilizan su superioridad moral para decirle con indisimulada soberbia a los políticos, empresarios y trabajadores qué es lo que deben hacer para que todos disfrutemos de un mundo feliz. Los nacidos en los 50-60 tuvieron que sufrir este comportamiento de la forma de la llamada canción protesta, mediante la que la que Víctor Jara, Lluis Llach, Silvio Rodríguez y compañía proferían lamentos que a mí personalmente -salvo excepciones- me parecen excesivamente aburridos.

Esta llama se debilitó sobremanera en la década de los 80, pero desde entonces ha habido otros casos de canciones que, aún acordes con los nuevos tiempos, se han elaborado con objeto de criticar o, al menos, dar visibilidad, a alguna que otra injusticia. Varias de ellas alcanzaron puestos destacados en las listas de hits musicales de muchos de los países occidentales, como “Sunday Bloody Sunday” de U2 (1983) o “Zombie” de los Cranberries (1994), ambas denuncias de la violencia tanto de los unionistas como de los separatistas en el conflicto de Irlanda del Norte, “The hands that built America” de U2 (2002), un recordatorio de que los EEUU no son sino un país de inmigrantes de todo pelaje, o “American Life” de Madonna (2003), canción acompañada por un polémico videoclip crítico con el militarismo de la época de W. Bush y la guerra de Irak.

En España esto no ha sido muy diferente, donde nos encontramos con críticas generales al abandono de los antiguos valores colectivistas y la instauración de una cierta desidia por los problemas ajenos en “Ama y ensancha el alma” de Extremoduro (1992) o “Tranquilo majete” de los Celtas Cortos (1993), así como también algún tema específico como la represión de las protestas de los trabajadores industriales contra la reconversión industrial en “Primavera del 87“, de La Fuga (1998). Creo que ninguno de éstos alcanzó en su momento el ser el single o el disco más vendido del año, pero en todo caso no ha sido raro oirlos a ellos y otros como a los SKA-P y sus letras infantilonas en los 40 principales y otras emisoras comerciales.

extremoduro

Pero hoy, a fecha de 2015, hay una profunda crisis económica que no remonta en Europa y Estados Unidos, guerra en Siria y Ucrania, revueltas en Egipto y Venezuela… y no se escucha a nadie cantar sobre estos temas. Al menos no se escucha en las emisoras generalistas y en los programas prime-time, que no dejan de otorgan espacio a artistas dedicados a otras temáticas. No sé si es que no me entero de que esto existe porque me hago viejo y sólo escucho a las glorias de mi época -en cuyo caso os rogaría que, por favor, me ilustrárais- o si es que, efectivamente, la canción protesta como formato generalizado ha muerto del todo. Espero que no sea esto segundo, porque sería una pena.

@MagnificoElMulo

La canción protesta pos-canción protesta