Interstellar y la ciencia del amor

Hace cosa de un año y medio se estrenaba Interstellar, película de Christopher Nolan medio-inspirada en (y medio-homenaje a) 2001, de Kubrik. Fue la sensación del momento, al menos en el mundillo de la scifi, y pocos prescindieron de opinar sobre los más variados aspectos de la misma, ya sobre lo acertado del desarrollo de los acontecimientos según la física relativista, ya sobre el mensaje bastante poco velado de que la exploración espacial bien podría ser la única solución a una posible futura crisis climática planetaria. Un elemento que tampoco escapó al escrutinio popular fue lo que para unos fue una simple frase moñas de la protagonista pero, para otros, una desacertada magufada: “El amor es lo único que podemos percibir que trasciende el tiempo y el espacio”. En su momento anduve reflexionando sobre ello y pensé en organizar mis ideas y escribir algo pero ha tenido que llegar un debate tuitero mucho tiempo después para retomar el asunto.

Todo se originó con el retuit de @lemucamu de esta imagen, que contiene lo que parece un comentario de facebook de un tal FrikiRatos:

Intestellar

Cuando lo leí pensé “coño, si eso es -más o menos- lo que pensé yo en su momento“. De ahí se ha generado una discusión, que podéis leer en este hilo de tuits, en el que yo defiendo que la frase del amor trascendiendo  el tiempo y el espacio no es una magufada y que tampoco, siquiera, es una metáfora, sino que en la película resulta algo tan real como la vida misma. Si habéis olvidado la historia ésta a grandes rasgos consiste en que ante la inminente desaparición de la vida humana en la Tierra se envía una misión espacial a través de un misteriosamente aparecido agujero de gusano que traslada a sus tripulantes a un sistema formado por un enorme agujero negro (Gargangtúa) en el que, por efecto de la física relativista, un escaso periodo de tiempo para los astronautas supone años, sino décadas, en casa. El asunto personal recae en que el piloto de la misión, interpretado por Mathew McConaughey -obviamente he tenido que buscar el nombre en google-, parte dejando a su hija, una muy inteligente niña a la cual, si vuelve a ver, lo hará tras lo que para ella serán décadas.

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Momento en el que el piloto ve los videomensajes que muestran el paso de los años de sus familiares tras realizar una misión de escasas horas en un planeta próximo a Gargantúa.

Tras distintas peripecias el protagonista cae al agujero negro y por obra de una inteligencia más avanzada -una humanidad del futuro- entra en un teseracto que le permite interactuar, de forma casi imperceptible pero interactuar al fin y al cabo, con la habitación de su hija a lo largo de distintos momentos de su vida.

Y ahí es donde entra en juego, creo yo, el amor como lo único que podemos percibir que trasciende el tiempo y el espacio pues es gracias única y exclusivamente a la íntima conexión entre el protagonista y su hija que éste puede transmitirla un mensaje -datos sobre la realidad existente en el interior del agujero negro- con el que ella, genio en física, podrá completar una teoría con la que desarrollar una tecnología para manipular la gravedad y, así, conseguir que la humanidad pueda emprender el éxodo de la moribunda Tierra. ¿Y dónde, preguntaréis, entra aquí en juego el amor? Pues, creo yo, en esa comprensión mutua entre padre e hija que en primer lugar le permite llamar su atención con los juegos de gravedad, incentivar después a que aprenda el código morse al plantear de esta forma un mensaje con los libros y el armario y, finalmente, enviarle el paquete de datos en forma de pulsos en el reloj que él mismo la regaló meses -o años, según el cómputo de ella- atrás. Pero es que vamos a ver, sólo tenéis que pensar en el zote del hermano: si el padre le hubiera mandado la clave del universo en un reloj de pulsera lo más probable es que éste lo hubiera vendido en el pueblo para comprar una reja para el arado. Es, simplemente, y ya digo que a mi entender, una forma genial y preciosa de conjugar el aspecto más hard de la ciencia ficción, la física relativista y los agujeros de gusano, con el elemento más hermoso del amor, que es la complicidad perfecta entre dos personas.

Obviamente el amor no trasciende el tiempo y el espacio como un ente consciente, un monstruoso cupido cosmonauta armado con la fuerza de miles de supernovas, pero según está planteada la película -por el motivo que sea McConaughey no puede aparecerse como sí hizo Dave Bowman en la peli 2010, y decir claramente “el interior del agujero negro es así o asá y cumple o no cumple el teorema de Penrose y Hawking”- es sólo únicamente mediante el nexo padre-hija por el que se resuelve la trama. De ahí surge otro elemento de polémica: en el hilo anteriormente mentado se arguye que “la película plantea que el amor funciona como la magia cuando no en realidad no es más que química”. Ya he explicado que no es magia sino comprensión íntima entre dos personas pero… ¡Que no es más que química! Eso me ha dolido a nivel epistemológico y metodológico. El principio de las propiedades emergentes, que tan bien describe el biólogo Edward O. Wilson en Consilience, no es una simple elucubración filosófica: aunque las partes constituyentes de un conjunto funcionen de acuerdo con sus propias leyes el conjunto, más complejo, se comporta siguiendo unas dinámicas que, sin contravenir las leyes de los elementos del nivel inferior, son impredecibles e, incluso, pueden llegar a ser contraintuitivas. La física clásica es la base de la química pero no es suficiente para comprender los mecanismos de las reacciones químicas, así como la química es la base de la biología pero no es suficiente para comprender el funcionamiento de cuestiones avanzadas de la fisiología o la medicina.

Así, la biología es la base de la cultura pero, de igual modo, no es suficiente para comprenderla y explicarla. Hay manifestaciones culturales que superan esos principios biológicos básicos como, por ejemplo, el incesto o la castidad. Hay procesos históricos que superan esos principios biológicos básicos como, por ejemplo, la coevolución gene-cultura. Y hay sentimientos que superan esos principios biológicos básicos como, por ejemplo, el amor entre una pareja estéril o que, siendo fértil, ha decidido no obstante no tener hijos. Naturalmente que el amor funciona a un nivel físico, químico y biológico -impulsos eléctricos, hormonas, etc.- pero tiene, a su vez, varios componentes emergentes que sólo pueden estudiarse a escala mental -a través de la psicología- y cultural -mediante la etnografía y la historia e, incluso, la etología. Las distintas disciplinas de las ciencias humanas o sociales tienen, como ya hemos comentado por aquí, sus propias problemáticas. Hay quien plantea incluso, rozando la herejía sientífica, que existen importantes factores de difícil o imposible cuantificación pero muy relevantes en el plano de lo real ¿Cómo llegar a ellos? En eso andamos. Hay quienes dicen que mediante la empatía, la introversión, la fenomenología, etc. A mí no me convence pero, naturalmente, para caminar por lo desconocido también hay que dar palos de ciego. Es sabido que yo soy un apestado cuantitativista -en la lectura de mi tesis se me llegó a decir que me pensaba que la arqueología era sólo números y no personas, @metronax puede corroborarlo- pero reconozco, no obstante, que a los posmos no les falta algo de razón. Un poco de posmo al año no hace daño.

@MagnificoElMulo

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