La teoría de la historia (marxista) de La Fundación de Asimov

El Imperio galáctico, entidad política que gobierna los miles de planetas habitados por el ser humano de la Vía Lactea y cuya poder se concentra en el planeta-ciudad de Trántor, ha caído. Bueno, en realidad no ha caído. El emperador sigue en su trono, la camarilla cortesana sigue ejerciendo el poder ejecutivo y los generales y sus tropas siguen controlando las provincias… pero el matemático Hari Seldon así lo ha pronosticado. Mediante la psicohistoria, técnica consistente en analizar millones de datos sobre las tendencias económicas, sociales, etc. de grandes conjuntos de personas, este hombre ha previsto la continuidad del Imperio como algo imposible y la apertura de un periodo de miles de años de atomización y guerras continuas como algo inevitable. Sin embargo, sus modelos matemáticos predicen una solución factible: mediante el establecimiento de dos fundaciones encargadas de conservar el saber científico y técnico del apogeo imperial a ambos extremos de la Galaxia se podrá alumbrar en unos pocos siglos una nueva etapa de paz, progreso y prosperidad.

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Representación del anciano Hari Seldon, cuyas grabaciones en forma de holograma periódicamente se aparecen para explicarles a los habitantes de La Fundación la lógica psicohistórica del desarrollo de los eventos pasados.

Con este argumento arranca Fundación, serie de novelas de ciencia ficción mediante las que Isaac Asimov especuló sobre el futuro de la humanidad. Asimov no sólo fue un maestro de la ciencia-ficción  (uno de los denominados como “tres grandes” junto con Clarke y Heinlein) sino también un gran divulgador de la ciencia a lo largo de todas sus disciplinas. Baste destacar que es uno de los pocos autores, sino el único, que ha publicado obras en 9 de las 10 categorías del Sistema Dewey. Su interés por la historia es de sobra conocido dado el éxito de su serie “Historia Universal” y, de hecho, parece ser que fue la lectura del clásico Historia de la Decadencia del Imperio Romano de Gibbon lo que le sirvió de inspiración para escribir la saga de la Fundación.

Es frecuente que historiadores de todo tipo especulen con el principio que subyace a la saga de Asimov, ése que plantea que conociendo con la suficiente precisión y amplitud el pasado sería posible identificar las dinámicas que rigen los mecanismos de los procesos históricos y, así, llegar a predecir el futuro. De hecho entre los distintos ensayos divulgativos que he leído últimamente me vienen a la cabeza Armas, Gérmenes y Acero (1997) de Jared Diamond, De Animales a Dioses (2011) de Yuval Noah Harari o Civilización (2012) de Niall Ferguson como ejemplos donde se reflexiona –muy sucintamente- sobre este aspecto. En todo caso, hay que decir que este ejercicio no es que sea algo novedoso.

Ya en la época de la Ilustración diversos autores –Voltaire, Condorcet o Adam Ferguson- consideraron factible indagar en el pasado para proyectar hacia el futuro las tendencias que quisieron o pudieron identificar. Todos ellos, así como sus herederos intelectuales del s. XIX –los antropólogos Edward B. Tylor y Lewis H. Morgan-, concebían el futuro como la continuación de un proceso lineal siempre ascendente en el que los distintos aspectos de la cultura humana (ciencia, tecnología, instituciones, etc.) avanzaban poco a poco, de forma continua y progresiva, siempre en proceso de acumulación y perfeccionamiento. Pero a mediados de ese s. XIX apareció un nuevo actor que le dio le dio una vuelta de tuerca a ese planteamiento. Karl Marx describe sucintamente en su Manifiesto Comunista (1848) y ya de forma más detallada en otras obras posteriores como, por ejemplo, Contribución a la Crítica de la Economía Política (1859) o el célebre El Capital (1867), una forma de entender la historia según la cual el progreso avanza en dos ritmos bien diferenciados. Uno de ellos sería lento y continuo que ya conocíamos, el cual se corresponde con el desarrollo de las fuerzas productivas –fuerza de trabajo, objeto de trabajo, instrumentos de trabajo, etc.- dentro de un mismo modo de producción, que es la forma en la que se organizan esas fuerzas productivas en función de cómo se distribuye el trabajo y cómo se reparte el producto. El otro sería rápido y tumultuoso y se correspondería con el paso de un modo de producción agotado a otro nuevo, nacido de las contradicciones que aflorarían en las etapas finales de desarrollo del anterior. El ejemplo paradigmático de este segundo ritmo sería el paso del modo de producción feudal al modo de producción capitalista, con la nueva clase emergente –la burguesía- dirigiendo la revolución social y política contra la vieja aristocracia en la Revolución Francesa de 1789 y las que la siguieron.

revolución
Alegorías de la revolución burguesa, a la izquierda, y de la revolución socialista, a la derecha, cuyos paradigmas son las revoluciones francesas (1789, 1830) y la soviética (1917).

Volviendo al tema de Asimov y la saga de la Fundación, no creo que sea nada nuevo identificar los muchos elementos de inspiración histórica que se presentan de forma nada velada entre sus páginas. En el primer libro parece bastante claro que Términus, el planeta que alberga la Fundación, funciona en cierta medida como los monasterios altomedievales custodios del saber antiguo en una época de decadencia, o que los príncipes comerciantes que posteriormente la gobiernan son un remedo de cómo se organizaron entidades políticas bajomedievales como las ciudades estado italianas o las de la Liga Hanseática. Asimismo, en el segundo libro hay pocas dudas de que el general Bel Riose no sería sino ese Belisario que tantas conquistas efímeras le dio a un imperio débil como fue el Bizantino. Pero mi intención no es centrarme en estos paralelismos, que no son sino guiños o elementos de inspiración puntual, sino pasar directamente a la teoría de la historia subyacente a la saga en su conjunto. Y creo que Asimov, que obviamente no era marxista -según tengo entendido fue toda su vida un simpatizante algo heterodoxo del Partido Demócrata-, utilizó para La Fundación el modelo marxista de la historia de forma bastante evidente, lo cual no deja de sorprender dado que la trilogía original –luego hubo secuelas y precuelas- se escribió entre 1942 y 1953, cuando en Estados Unidos emergió la caza de brujas antimarxista del macartismo, especialmente furibunda con intelectuales y artistas.

¿Por qué digo que Asimov se inspiró en el modelo marxista de la historia? Pues porque a lo largo de los capítulos de La Fundación el progreso histórico avanza alternando periodos de ritmo lento, de desarrollo de las fuerzas productivas, con periodos de ritmo rápido, en los que se suceden los cambios políticos revolucionarios que en las novelas se denominan crisis Seldon. La narración se centra en los vaivenes de distintos personajes a lo largo de sucesivas generaciones, pero de fondo se puede captar con bastante claridad el marco histórico donde acontecen las pequeñas historias. Estos son dichos ciclos (los años se consignan en referencia al establecimiento de La Fundación, siendo DF “después de La Fundación”):

1-50 DF. Periodo de los enciclopedistas. Por orden del poder imperial se constituye La Fundación en  una región de planetas agrículas en régimen de latifundio en un extremo de La Galaxia en un planeta concreto, Términus, donde el gobierno (la Junta de Síndicos) subordina toda actividad económica a cumplir el mandato de crear una Enciclopedia Galáctica que recopile el saber cultural y científico del momento. Como consecuencia de acumular la tecnología puntera del Imperio, en dicho lugar se favorece el desarrollo de las fuerzas productivas, principalmente mediante la generalización de la energía nuclear.

50 DF. Primer golpe de estado de Salvor Hardin, alcalde nominal de Términus, quien en una rápida revolución depone a la Junta de Síndicos, se hace con el control del planeta y abre el comercio con los planetas agrícolas circundantes, ahora estructurados en forma de reinos aristocráticos independientes. Así, La Fundación comienza a nutrir de tecnología nuclear y trabajadores especializados a estos segundos.

51-80 DF. Periodo de los alcaldes laicos. Los planetas agrarios  desarrollan sus fuerzas productivas gracias principalmente a la energía nuclear. Aunque todavía se encuentran políticamente organizados en forma de reinos autónomos, paulatinamente van siendo más dependientes del conocimiento especializado de La Fundación que, a su vez, se va envolviendo en un halo de misticismo religioso.

80 DF. Segundo golpe de estado de Salvor Hardin, quien se erige como cabeza de la institución técnico-religiosa que organiza el suministro de energía nuclear a los planetas circundantes a La Fundación consiguiendo, de este modo, su subordinación política efectiva.

81-c.250 DF. Periodo de los alcaldes religiosos y los comerciantes. Las fuerzas productivas de La Fundación (Términus y los planetas bajo su dominio) se desarrollan en forma de toda una gama de bienes de equipo y de consumo basados en la tecnología nuclear miniaturizada. Esto genera una nueva clase de comerciantes dedicada a su distribución más allá del espacio político de La Fundación, hacia regiones tecnológicamente atrasadas.

¿250 DF? Intento de revolución de los comerciantes. El desarrollo del periodo anterior genera una nueva clase de mercaderes que, una vez enriquecida, toma el poder gracias a la elección del comerciante Hober Mallow. No obstante con posterioridad (en el libro no se narra el evento pero sí se menciona de forma indirecta) se instaura una monarquía de antiguos comerciantes, la dinastía de los Indbur, que no favorece la continuación del proceso sino que inicia un proceso de involución al castrar la actividad comercial sometiéndola al control del poder central.

c. 250 DF-c. 300 DF. Periodo del monopolio comercial. La aristocracia hereditaria que ejerce el poder político de La Fundación controla la mayor parte de la nueva fuente de riqueza, el comercio, pero en las regiones periféricas aparecen pequeños comerciantes descontentos con el control ejercido por el poder central.

300 DF. Insurrección de los pequeños comerciantes que debería haber conducido a una revolución democratizadora (en el sentido liberal-demócrata) de La Fundación. Sin embargo es un suceso que no llega a ocurrir debido a la irrupción de El Mulo, un mutante capaz de controlar las emociones de grandes grupos de personas el cual conquista La Fundación: un imprevisto que rompe la línea de predicción psicohistórica del Plan Seldon.

Si analizamos desde la perspectiva marxista es posible identificar tres modos de producción en estos primeros trescientos años de La Fundación. El primero, que podría llamarse despótico-científico, es el que rige las décadas hasta que dicho saber cristaliza en una tecnología que transforma la economía y la sociedad del planeta Términus, culminando con la revolución “tiránica” (en el sentido griego) o “populista” de Hardin. El segundo, que podría llamarse modo de producción nuclear-religioso, se extiende primero a la periferia, transformándola económica y socialmente primero y políticamente después con el segundo golpe de estado de Hardin. La superación de dicho modo de producción arranca con la toma del poder por parte del comerciante Mallow, efímera, y habría culminado con la revolución liberal-democrática frustrada por la irrupción de El Mulo. El tercero sería ya un modo de producción bastante parecido al capitalista el cual habría favorecido dicha clase comerciante de haber tomado el poder.

Naturalmente que La Fundación da para hablar de muchos más aspectos de teoría de la historia, como por ejemplo sobre el impacto de un solo agente excepcional (el psíquico Mulo) en las dinámicas económicas, sociales y políticas de larga duración o sobre la capacidad de dirigir o corregir el proceso, el caso de La Segunda Fundación que en este post no se menciona y que pasa a protagonizar la segunda mitad de la segunda novela y toda la tercera. Pero en cuanto a lo que aquí se ha descrito, esto es cómo se suceden los ritmos históricos y la relación entre infraestructura (economía), estructura (sociedad) y superestructura (política e ideología), La Fundación sabe fuertemente a marxismo.

La ciencia ficción es un género articulado en torno a la especulación de los “what ifs” pues, por un lado, parte del supuesto en el que una o varias tecnologías revolucionarias se desarrollan y hacen aplicables y, por el otro, explora las consecuencias, no ya fantasiosas, sino lógicas y plausibles en el campo económico, social, político e ideológico, de su generalización. Se ha escrito sobre el efecto de la aparición de androides e inteligencia artificial, del contacto con culturas alienígenas tecnológicamente más avanzadas, del desarrollo de viajes interestelares, de la invención de los viajes en el tiempo, etc. y se ha hecho mucha especulación sobre su impacto en la vida mundana del ser humano, aspecto que en ocasiones se ve muy fuertemente influenciado por la sociología y la antropología. Así, la ciencia ficción sirve no sólo para entretenernos sino para divulgar el saber científico tanto de las ciencias “duras” o naturales como también, qué duda cabe, de las humanas o sociales. Y a este segundo respecto la historia, que también ha sido abstraída y modelizada en el campo intelectual, tiene su pequeño hueco. O, gracias a Marx y a Asimov, su gran hueco.

@MagnificoElMulo

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La teoría de la historia (marxista) de La Fundación de Asimov

Un comentario en “La teoría de la historia (marxista) de La Fundación de Asimov

  1. cacomanrique dijo:

    La leí de muy joven y sólo he releído el primer libro, pero nunca lo había visto así. Me dan muchísimas ganas de volver a leerlos y, coincidencias de la vida, tras una década en mi estantería, he prestado la trilogía POR PRIMERA VEZ la semana pasada…

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