El inexistente (para las estadísticas) trabajo doméstico

Como puede percibir el atento lector de este blog, dos de sus miembros (@metronax y un servidor) andan últimamente enfrascados en la lectura de Economía para el 99% de la población, del heterodoxo economista surcoreano Ha-Joon Chang, y todo ello por recomendación de nuestro amigo Desarist (todo sea dicho). Una interesante obra mediante la que el lego en economía puede asomarse a las complejidades y utilidades de esta disciplina/ciencia social/constructo (hay más entradas de @metronax aquí, aquí y aquí).

Yo quiero destacar una pequeña cuestión derivada del epígrafe relativo a la “producción” (capítulo 6), que aunque probablemente sea algo más que asumido por (algunos) economistas es, creo, una cuestión que no se destaca lo suficiente en el debate político que incumbe al ciudadano de a pie: la forma de contabilizar la producción y, especificamente, el trabajo doméstico.

Chang explica que el Producto Interior Bruto, entiéndase el valor de todo lo que se ha producido en un lugar y periodo de tiempo concretos menos el coste de los insumos tales como materias primas y energías, es un índice cuyo cálculo es más complejo de lo que podría parecer a simple vista. La mayoría de las actividades económicas, esto la oferta y consumo de bienes y servicios, se encuentran registradas y su valor cuantificado sin grandes problemas, desde el libro de facturas del autónomo hasta las cuentas generales de una gran empresa. No obstante, existen casos en los que esto no es así, generalmente al respecto de aquellas actividades que no implican transacciones monetarias. El ejemplo más claro lo encontramos en los países en desarrollo, y es la cuantificación de la cosecha de los agricultores de subsistencia, una producción que en su práctica totalidad no sale del ámbito familiar. En cuanto a los países desarrollados el caso más habitual, explica Chang, es la práctica de residir en una vivienda en propiedad que, aunque sea un “servicio”, igualmente “queda en casa”. En ambos casos son bienes y servicios que se entiende “producidos”, por lo que son incorporados al cálculo total del PIB mediante estimaciones.

Sin embargo, hay una actividad económica que no se calcula para su adición al PIB: el trabajo doméstico. A continuación reproduzco un párrafo de la p. 199 del libro de Chang:

2015-08-31 09.46.50Destaco: “Cocinar, limpiar, cuidar a los niños y ancianos, etc. no cuenta como parte del PIB”. Esto conduce no a menospreciar sino a considerar que no existe un trabajo que hasta hace bien poco era desarrollado casi en exclusiva por las mujeres. Y es aquí donde quiero hacer el triple salto mortal histórico-antropológico.

Hasta hace dos siglos la mayor parte del trabajo de la mayor parte de la población era trabajo doméstico, es decir realizado por y para la propia unidad doméstica. Los matrimonios y su prole araban, sembraban, escardaban, cosechaban, pastoreaban, ordeñaban, sacrificaban, recolectaban, tejían, construían, reparaban, etc. y se cuidaban entre sí para su propia subsistencia y reproducción. Salvo al respecto del pago de la renta, que en ocasiones podía incluso superar la mitad de la producción anual (véase Wolf 1966, p. 9), todo “quedaba en casa”. El reparto de tareas por sexo era algo generalizado y, aunque en ningún caso se pueda hablar de una idílica igualdad entre hombres y mujeres, ni tampoco de que todas las actividades tuvieran el mismo reconocimiento, efectivamente se consideraba que todas ellas eran trabajo.

Los cambios que condujeron a la modernidad provocaron la formación de una clase que no organiza su producción y consumo a nivel doméstico sino que, en cambio, y dicho en términos marxistas, pasara a fundar su subsistencia en los beneficios de la venta de su fuerza de trabajo en el mercado laboral. Tal fue el impacto de este nuevo tipo de trabajo que, como arriba muestra el párrafo de Chang, ha sido y es la principal forma de cuantificar la producción a escala macroeconómica.

El no contabilizar el viejo trabajo doméstico ha causado que muchas personas (hasta hace poco la mayor parte de las mujeres) no trabajasen a efectos estadísticos. Hoy, con la incorporación de la mujer al mercado laboral las cosas han ido cambiando poco a poco en cuanto al reparto de las tareas del hogar por sexos, pero lo cierto es que el trabajo doméstico sigue ahí. A una familia formada por dos personas que trabajan cada una 8 horas fuera del hogar la espera más trabajo cuando vuelve a casa. En casos donde no hay hijos esto no supone más que una horita diaria y quizás medio domingo de dedicación a preparación de comida y limpieza, pero hay ocasiones que esto es mucho más. Conozco un ejemplo en el que 4 hermanos se turnan para cuidar de sus padres, que no pueden estar solos. Esto supone que al trabajo extradoméstico y al doméstico habitual se le añaden todavía más horas no cuantificadas, con el resultado de que a veces una persona pueda estar trabajando incluso más de los 2/3 de un día. Y, según tengo entendido, el exceso de trabajo es causa reconocida de estrés y otros problemas físicos y psicológicos.

Evidententemente hay formas de aliviar ese exceso de trabajo, y es contratando fuerza de trabajo externa (limpiadores, cuidadores, auxiliares, etc.). Pero, como siempre sucede, eso no es algo que esté al alcance de todas las unidades familiares, claro. Como para casi todo lo que afecta a nuestras vidas, hay unos que pueden y otros que no.

@MagnificoElMulo

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