¿Para qué sirve la Historia?

Si de una velada entre pocos contertulios pudo surgir ese icono multiusos que es el terrorífico monstruo de Frankenstein, en “Destilando Libros” no queremos ser menos. Hace un par de semanas se planteó en un hilo de Twitter la cuestión de para qué sirve la Historia. El formato limitado a 140 caracteres no era todo lo deseable para tan curiosa polémica, por lo que los participantes fueron emplazados a sintetizar sus reflexiones en un máximo -levemente incumplido en algunos casos- de 500 palabras para publicarlas todas juntas en éste, el blog favorito de todos ustedes. Baste decir que cada autor es responsable único de sus palabras. Si hay polémica, agradecemos se utilicen los comentarios a tal efecto. El orden de aparición se funda en el estricto orden de entrega de trabajos. Comencemos, pues.

**Actualización 10/02/2015** incorporamos una nueva firma al debate


Martín (i) Biancorosso:

¿Para qué sirve la historia?

Confieso que no me gusta esta pregunta. Y no me gusta, porque, de por sí, parece da a entender que hay saberes/cuestiones que son “útiles” y otros que “no”. De hecho, seguramente, el concepto de utilidad que quienes se hacen este tipo de preguntas tienen es extremadamente diferente al mío.

Yo empezaría respondiendo esta pregunta con otras.

 ¿Tiene que servir para algo, Es necesario?, ¿dejaría de tener sentido si no “sirviera”? que entendemos por “servir”?

 Hago otra pregunta más, para no centrar el foco en la historia, sino en la utilidad ¿Sirve la literatura para algo? Posiblemente depende de lo que entendamos por “servir”·. Para mi ambas sirven para lo más importante, conocer al hombre y sus obras, y con él al mundo que nos rodea y su evolución a lo largo del tiempo. Una lo hace de forma más personal y dramatizada, la otra, como una especie de mural aparentemente fijo e infinito. Pero que como una pintura, nos revela, a pocos que nos fijemos, una infinidad de detalles y lecturas diferentes.

Para mí la historia sirve para entender como hemos evolucionado, nuestros aciertos, nuestros errores. Sin duda es necesaria, y es útil, muy útil, estudiar los hechos del pasado. Nos ofrecen claves, ejemplos. Pero siempre debemos tener claro lo que no es la historia, algo al estilo de la psicohistoria de la fundación. No sirve para extraer respuestas seguras, para garantizarnos que si hacemos A nos de B, como pasó en el pasado. Porque nada es siempre igual en la historia, ni las sociedades ni el momento, ni los personajes, ni las reacciones, por mucho que algunos lo piensen.

 De hecho la historia jamás podrá dar soluciones, sólo ejemplos, a veces contrapuestos. Si nos obsesionamos con pretender que la historia, más que explicar el pasado para ayudarnos a comprender el presente tiene que usarse para diseñar el futuro, creo que estaríamos cayendo en un error. De hecho quienes piensan eso se olvidan que sabemos que pasó, pero ignoramos que hubiera pasado. Que muy posiblemente, de tomar otras decisiones diferentes, los resultados podrían haber sido distintos, cierto…pero distintos no significan siempre mejores (y si, mejor no entremos en debate sobre la inevitabilidad de la historia, esa es otra cosa que debe ser discutida en otro momento).

 La historia no es matemática. No puedes pretender meter una serie de datos históricos en un ordenador y que te diga que sucederá mañana. De hecho la historia es, por definición, pasado. Los que quieran jugar a otro juego, creo que se confundieron de materia.

 Creo que en realidad todos estos cuestionamientos tienen que ver con un cierto sentimiento de inferioridad que algunos de los estudiosos de las ciencias sociales tienen respecto a los resultados y certezas absolutas de algunas ciencias naturales. Supongo que disfrutarían mucho más si pudieran establecerse una serie de “leyes históricas”, similares a la de la gravedad. Una pena.

 Y hasta aquí mi escaso aporte, sigamos haciendo historia, y contándola.

@martindonato


Metronax:

‘¿Para qué sirve la Historia?’

“La Historia, como todo, no sirve para nada”. Ésta sería, sucintamente, mi opinión sobre la cuestión planteada. Pero, como somos occidentales y no poetas zen elaborando algún haiku o koan, hay que desarrollar un argumento; aunque no sea cierto, pero requerimos una narración. Y es que el Ser Humano necesita relatos, y la Historia no es más que batallitas del abuelo elevadas a ciencia. Muy digna, por supuesto.

El Hombre además filosofa -ama la sabiduría- por la misma razón que va al Polo o al origen del Nilo, y la Historia es una rama más de los saberes todos. Las Artes y Ciencias son prolongaciones de nuestra curiosidad. Nuestra naturaleza nos lleva a comer del Árbol Prohibido, ayudar a Pandora con una palanca o mirar a la Gorgona y, así, nos condenamos a acabar convertidos en estatuas de sal, a morir como gatos.

Nos guía un afán de explorar… y competir. Batimos récords sólo por el mero hecho de poder hacerlo. Como especie trasegamos grandes cantidades de petróleo sin un objetivo mucho más claro que limitarnos a seguir amontonando más almas entre las que alguna vez puedan existir para que puedan ser bautizadas por mormones. Cazamos sin tener hambre y plantamos banderas en astros. Y escalamos el Everest por una razón de gran contundencia: está ahí y se puede.

Cuando Gottlob Frege se empecinaba en su logicismo, ¿tenía aquello una fundada base teleológica, un “para qué” viable a la vista? Lo dudo mucho, pero era algo posible, y por eso merecía la pena. Como antes en el pasado, en estos momentos se estarán desarrollando herramientas matemáticas que usarán la Física y la Química del futuro, aparte de -probablemente- disciplinas como la Economía o la propia Historia, pero inútiles por ahora. Y algunas ni eso alcanzarán, quedan como mero sudoku de cierta complejidad.

“¿Condenados a repetir la Historia?”, dirán algunos. “¿Acaso hemos dejado de ser humanos?”, podría responder. Pero debería introducir un par de matices. Un primero del ámbito de las ciencias experimentales. Sabemos por el llamado “efecto mariposa” que, aún usando las mismas ecuaciones, una pequeña variación en las condiciones iniciales nos resulta en muy diferentes y divergentes escenarios a largo plazo, por lo que no es posible una réplica perfecta aún empeñándonos. Por otro lado y en segundo lugar, existe una vertiente brumosa, que casi caería en el ámbito de lo artístico, lo metafísico o lo místico, de lo indeterminado más que de la incertidumbre, a más de trascendente. Se dice de Carlos Gardel que no era quien tenía mejor voz, ni el mejor timbre o modulación, entre otros aspectos, pero, sin embargo, era el mejor. ¿A qué sería debido? A un elemento inmaterial del arte. Así pues, pienso que lo intangible rellena los huecos de lo mensurable del mundo. Estas dos puntualizaciones impiden una reproducción mecánica, predicción precisa y análisis completo. La Historia, siempre vieja y siempre nueva, y siempre inasible por entero, así se nos presenta.

Tras estas desordenadas impresiones, seguimos a oscuras, apenas hemos esclarecido gran cosa. Sólo hemos expresado un puñado de anhelos de dudosa utilidad, pero que de alguna manera nos hacen humanos, como programados para ello. ¿Que para qué sirve la Historia? Para nada. No hay mayor elogio.

@metronax


Magnífico el Mulo:

La historia tiene muchas utilidades, desde reconfortarnos sabiendo que estamos mejor que antes o insuflarnos ánimo en la búsqueda de lo bueno que hemos perdido, hasta el más simple goce literario, donde las aventuras de Didio Falco, Diego Alatriste o Django nos evaden de nuestras penurias cotidianas. Pero me voy a centrar en la que yo creo que es La Utilidad.

Las ciencias sociales están en su adolescencia y todavía tienen que aclararse sobre cuál debe ser la metodología de su vida adulta. A día de hoy no sabemos cómo podremos llegar a saber cómo funciona la sociedad humana, pero algunos confiamos en que algún día manejaremos un modelo pan-humano más o menos preciso ¿Para qué sirve esto? Primero expondremos para qué no sirve.

Aún pese a las maravillosas ensoñaciones psicohistóricas de Isaac Asimov jamás podremos profetizar el futuro a largo plazo. Baste pensar en la Teoría del Caos, en que las millones de variables implicadas son prácticamente inconmensurables en conjunto o el factor de imprevisibilidad que supone el trabajar con actores con conciencia. A este respecto me gusta especialmente un razonamiento de Karl Popper, quien postuló que el condicionamiento que la tecnología ejerce sobre nuestra sociedad es tal que para prever el funcionamiento de una sociedad futura deberíamos antes conocer la tecnología futura (Popper 1957). Y eso es algo, bien es sabido, imposible. Como ejemplo entres otros muchos no hay más que reflexionar sobre lo distinto que sería el mundo si pudiéramos o no llegar a dominar la energía de fusión nuclear.

Pero que la clarividencia sea un imposible no deshabilita totalmente la predicción. Es ejemplo de manual de Bachillerato que las penurias económicas tienden a desencadenar inestabilidad política, en forma de que un elevado paro tiene como consecuencia que un partido marginal pase de la noche a la mañana a arrasar en las urnas. Sucedió en la Alemania del NSDAP (con desastrosos resultados), está pasando en la Grecia de Syriza (con resultados por ver) y podría pasar en la España de Podemos.

Para desbastar, dar forma y pulir ese modelo predictivo probabilístico (Harris 1979) no podemos hacer como muchas ciencias naturales y recurrir a la experimentación. No sería algo ético. Pero podemos recurrir a los experimentos naturales que han afectado a gente como nosotros en el pasado. Depresiones, pogromos y guerras así como tolerancia, progreso y justicia no responden sólo a voluntades caprichosas sino que tuvieron sus raíces en causas profundas. Y cuantos más casos de estudio comparamos más similitudes encontramos. Que aparecieran estados burocráticos con estratificación social, gobiernos monárquicos y religiones politeístas en, al menos, siete lugares distintos (Trigger 2003) es un buen indicativo.

Por lo tanto la historia es Útil tal que como la base empírica del comportamiento humano en acción, una fértil tierra dispuesta a ser labrada para descartar presunciones y mitos nacidos de hechos puntuales y/o presentistas y averiguar, efectivamente, cómo funcionamos en realidad como especie. Quizás así, en un futuro, podamos evitar alguna de las muchas desgracias que, por nuestra condición, es seguro que tenderemos a perpetrar.

@MagnificoElMulo

Refs.

Harris, Marvin (1979): Cultural Materialism. The Struggle for a Science of Culture. Random House.

Popper, Karl (1953): The Poverty of Historicism. Routedgle.

Trigger, Bruce G. (2003): Understanding Early Civilizations. A Comparative Study. Cambridge University Press.


Daniel Trebaruna:

Esto va a ser un rápido apunte sobre las verdades del barquero. Sí, aquellas que nos remiten inevitablemente a un contexto interpretativo donde el máximo valor debería ser el hallazgo de material verdadero. Al menos, verdadero en algún modo. Es en este contexto en que se me preguntó: ¿para qué sirve la Historia? Posiblemente no seré original. En todo caso, tratemos de esbozar los argumentos básicos para una Historia científico-humanística y materialista (que no necesariamente marxista, engelsiana ni harrisiana) partiendo de algo que debería ser evidencia gnoseológica y que los científicos eluden a menudo, bajo la equivocada consideración de que la “filosofía” es un saber desfasado que no tiene nada que aportar.

 A partir de las huellas del pasado que se hallan en el presente, de la materialidad fiscalista de esas huellas (monumentos y documentos: reliquias en definitiva), se le exige a menudo a la Historia que sea predictiva, que ayude a comprender y aprehender el mundo. Se pide a la Historia que sea magistra vitae. Esto es: que el historiador científico se adentre en la esencia de la cual se compone el “pasado” y que a partir de esta observación directa del pasado extraiga conclusiones a partir de la aplicación de métodos y esquemas teóricos provenientes de las ciencias sociales.

 Pero ¿no es absolutamente falaz y carente de toda prueba que el objeto de la Historia pueda ser el pasado? Las reliquias, los monumentos, y las “huellas” indirectas de ese pasado se hallan aquí, en el presente, modificadas por el paso del tiempo, el proceso post-deposicional, la pérdida de contextos lingüísticos y simbólicos, las termitas, los incendios en el archivo, los expolios, etc. El pasado es siempre por ello “un país lejano”. Es, hasta cierto punto, inasible. Es “representación” y nunca “reconstrucción” (Vicente Llull y Gustavo Bueno coincidirían en este principio gnoseológico) ¿Qué hace, pues, el historiador? ¿Para qué sirve su trabajo si no puede adivinar el futuro ni otorgarnos elementos predictivos para el buen devenir social? Por desgracia no podemos extendernos en las tipificaciones de lo que históricamente se ha entendido por “ciencia”.

 Aunque resulte contradictorio con lo dicho hasta ahora, en realidad todas las sociedades se han dotado de un contenido, un discurso explicativo, narraciones fundacionales, con una lógica establecida para encarar fenómenos actuales y pasados, a partir de la cual aprehender el presente. Este contenido es sustantivo y es regulativo de las actuaciones de estos grupos, es constitutivo para una “cosmovisión”. Todos los grupos humanos (políticos o pre-políticos) tienen una. Pese a lo que dicen los “fundamentalistas científicos” son formas de conocimiento del mismo modo que no hay tal frontera entre el Mito y el Logos. En este punto no es importante que tales cosmovisiones sean “científicas” o no, pues analizamos las determinaciones humanas. En lo que a nosotros respecta es una cualidad constitutiva. Nos constituye. Son las reglas de juego.

¿Qué papel puede jugar una Historia dotada de método científico en esta realidad dada? ¿Puede ser instrumento regulativo de nuestros Estados, nuestros grupos humanos políticos, en un presente incierto? Tras la inversión teológica, tras el proceso de secularización que explicó Koselleck, nadie duda hoy del peso discursivo e identitario que tiene la Historia de los historiadores (secularizada) frente a la Historia divina. Ya no es una pre-concepción ilusoria. ¿Cabe concebir un Ministerio de Exteriores que no tenga noción alguna de la Historia de su Estado, o de aquellos con quienes debe dirimir disputas?, diría Moradiellos. Es más ¿cabe la posibilidad de leer correctamente un periódico sin un conocimiento mínimamente sólido de nuestro pasado?

Pensar históricamente es, pues, inevitable. Está en nuestra constitución humana, a un nivel que trasciende lo antropológico. Decía Pierre Vilar: “Una humanidad que no tuviera ninguna conciencia de su pasado sería tan anormal como un individuo amnésico”. Existe una posibilidad para construir un acerbo mínimamente verídico (que parta del condicionante y las limitaciones humanas: hallarse en el presente, ante reliquias) . La posibilidad de depuración y decantación de una narración veraz, cargada de la verdad que se le presupone a la ciencia, se abre con la crítica humanística y se consolida con los métodos positivistas de finales del XIX (Langlois y Seignobos). Aunque hay muchos que claman contra nuestros orígenes metodológicos hablando de posturas “desfasadas”, en realidad son la piedra de toque a partir de la cual se arranca cualquier investigación. No caigamos en el relativismo. Distingamos memoria de historia científica y mantengamos el rumbo. Las tentativa para olvidar los orígenes de la disciplina sólo pueden conducirnos al oscurantismo pretérito. Debe ser humanística o tampoco podrá “representarse” contextos semánticos adversos. Debe ser rigurosa y debe explicitar su método. Por eso, la Historia debe ser científica o no será.

@dogville86


Emmanuel Otero:

(publicado originalmente en emmanuelotero.eu)

¿Para qué es la historia se preguntan? Primero hablemos del presente, de por qué el pasado no existe y por qué la historia es mentira.

Partamos de la premisa de que los presentes son aquellos lugares donde la historia se crea, se moldea, se piensa y se representa. El pasado, por su parte, no es más que una creación literaria que describe un tiempo que ya no existe: es un subconjunto del presente con pretensión de auto-entendimiento. La historia, finalmente, no es más que una mentira refinada y cuidadosamente hilada, no por falsa, sino por presuntamente verdadera: en el mejor de los casos suele ser una recopilación de interpretaciones de terceros sobre su propio presente, un reflejo de lo que ya no existe y que llega a nuestra contemporaneidad.

Este es el decálogo de nuestras limitaciones, y por tanto las fronteras de nuestra disciplina: no es un drama, es el espacio en que nos movemos. ¿Significa esto que no existe diferencia entre la historia y una invención sobre el pasado? La respuesta corta sería no, pero la larga, y la que es verdaderamente interesante, es un rotundo si. Y es que frente a las limitaciones, puramente humanas si me permiten decir, se contrapone un método científico que las acota en tanto en cuanto nos ayuda a precisar nuestros hallazgos. La historia es un mentira con presunción de verdad que lucha contra sus propias limitaciones con objeto de ser más de lo segundo que lo primero: aún no lo hemos conseguido.

La mala historia, por su parte, como las malas mentiras, ni siquiera pretende ser verdad.

¿Para que sirve la historia,entonces? La historia es narrativa, y la narrativa es el material con el que se construyen las identidades, y por tanto, las sociedades. Por otra parte, la historia es lenguaje, y si aceptamos que el lenguaje moldea en mayor o menor medida la realidad material, podemos aceptar también que la historia es útil, en tanto cuanto, participa en la construcción del mundo que conocemos. ¿Acaso hay mayor utilidad posible que la de definirnos como sociedad y como individuos?

Se que puede resultar chocante que dejemos en manos de una elaborada mentira una tarea tan importante como la propia autodefinición de lo que somos, pero, ¿Acaso hay algo más humano que la propia limitación de nuestros sentidos? Asumir que la historia no es mentira, sería volver a una mentira aún más profunda, que es la de otorgar a la historia un valor de verdad absoluta del que carece.

La historia nos ayuda a construir nuestra realidad y nuestra identidad, y nos reconcilia con las limitaciones de lo que somos: una suma de mentiras con pretensión de verdad; nos reconcilia con la necesidad de revisitarnos y reaprendernos; y nos regala un maravilloso presente: aún a pesar de estar definidos por mentiras, no dejamos de pretender que sean verdad a través del esfuerzo científico. Insisto ¿Hay acaso mayor utilidad que esta?

@Inmanuelxi

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