Unas cuantas “rojadas” aportadas por Ignacio Sotelo para el debate socioeconómico

En tiempos de cambio de paradigma (o marco conceptual, o como se quiera llamar) debemos consultar ideas críticas con el modelo que va a sufrir el cambio, puesto que algunas soluciones surgen de las mismas, aún cuando pudieran no estar del todo acertadas (inevitablemente).

Por ello voy a destilar unas cuantas “rojadas” extraídas de “España a la salida de la crisis” (Icaria Antrazyt, mayo de 2014) de Ignacio Sotelo. Aquí va la primera (las negritas y subrayados son nuestros):

– Pp. 218-219:

“El capitalismo, cuyo único objetivo es la maximización de los beneficios, ha dado pruebas suficientes de su inmensa capacidad de crear riqueza, aunque cada vez en manos de un menor número, y dejando a una buena parte de la población sin trabajo. La economía solidaria, en cambio, como la manera que queda de sobrevivir, retoma el viejo objetivo, sin duda razonable, de que lo propio de la actividad económica es satisfacer las necesidades básicas del grupo, respetando la dignidad de la persona y el medio natural, proporcionando a todos trabajo, que hay que entender como una forma de realización personal.

Al dejar fuera del sistema a una buena parte de la población asalariada, el capitalismo en su fase actual la empuja a retomar formas de economía precapitalista, como una manera de subsistir. El dinero permanece como unidad de valor, medio de cambio e instrumento de ahorro, pero se suprime su dimensión especulativa. Junto a la economía formal dominada por el capital financiero, se irá desarrollando una paralela, basada en cooperativas de crédito, de producción y consumo, o simplemente en el trueque de bienes y servicios, en definitiva, una “economía social y solidaria”, que desde el interior del sistema vaya creando redes alternativas que resultan viables gracias a los modernos medios de comunicación.

A muchos no les quedará otra salida que resistir en un sistema paralelo de producir, intercambiar y consumir, incluso utilizando una moneda propia, por rechazo a la oficial al servicio de un capitalismo financiero, meramente especulativo. A la larga se trata de reinventar la economía sobre una nueva base social que haya superado el choque entre trabajadores y dueños del capital, intentándolo al margen del sistema en el recodo que les quede.

Para el momento en que llegue a gobernar, la izquierda griega que representa Syriza prepara ya el marco jurídico para el despliegue de este tipo de redes de mutuo apoyo, de modo que puedan arraigar el trueque y las monedas paralelas, especulando incluso con la posibilidad de que hasta un 20% de los servicios sociales se autogestione.”

– Y es que antes (p. 215) Sotelo ha hablado de que la precariedad es aplicable a la mayoría de los puestos de trabajo [y no es] ya la excepción que se pretende superar, sino un carácter básico del nuevo mercado laboral”. Quizá (algo) exagerado en el presente, pero pudiera ser la visión de un futuro pesimista.

– P. 204: La precarización del trabajo suele justificarse con el argumento de que, si el Estado se encarga de completar los bajos salarios hasta elevarlos a un nivel que permita vivir con la mínima dignidad, más vale trabajar, aunque sea en puestos de una productividad muy baja no permite pagar más, que recurrir a las ayudas y subsidios estatales, desconectándose del mundo laboral, que hace luego mucho más difícil la reinserción.”

Esto no puede evitar recordarme a Karl Polanyi y su idea de “sociedad de mercado” vs. “economía de mercado”, otro pensador que, poco a poco, parece a recuperar su estrella con esta crisis.

– Pp. 141-142: “En su Teoría General del empleo, el interés y el dinero (1936), Keynes analiza ambas carencias [“las dos grandes lacras del capitalismo: la incapacidad de ofrecer empleo a todos los que lo necesiten y una distribución de la riqueza, cada vez más desigual y arbitraria” (también en p. 141)], convencido de que la economía planificada, pese a sus muchas limitaciones y serios inconvenientes por cercenar buena parte de las libertades individuales, tendría, sin embargo, la ventaja de proporcionar trabajo para todos. Keynes pensaba que el capitalismo no tendría futuro, si con crisis cada vez más frecuentes se mantuviese un desempleo constante y una desigualdad social en aumento.

(…)

El remedio que la economía clásica ofrece para combatir el desempleo –reducción de salarios y de precios para acomodarse a la coyuntura– fallar por generalizar una experiencia que solo sirve en el caso individual. Si un empresario consigue bajar los salarios, y con ellos los precios, podrá vender más y aumentar la producción y beneficios, pero si muchos hacen lo mismo, al encogerse la demanda global solo se consigue más paro. Además, recalca Keynes, bajar los salarios no es una política factible por los conflictos sociales que comporta; de hecho solo podría llevarse a cabo en un régimen autoritario que hubiera suprimido la libertad sindical. La rigidez del mercado de trabajo tiene en los tiempos de recesión el efecto positivo de mantener el consumo, porque, si siguiera bajando, aumentaría aún más el desempleo.

Keynes volvió a poner de manifiesto que el mercado por sí mismo no logra el equilibrio entre oferta y demanda, tal y como a principios del siglo XIX había defendido J. B. Say, algo que, como ya hemos visto, acepta Ricardo, pero que Marx critica. El fin del laissez faire se vio corroborado por la crisis de los años treinta, experiencia trágica que terminó por desencadenar la Segunda Guerra Mundial y que dominó la política económica en un largo período de crecimiento y pleno empleo. Keynes insiste en que el mercado por sí solo no es capaz de crear el equilibrio necesario entre inversión y empleo; de ahí que sea indispensable que el Estado intervenga, sobre todo en momentos de descenso en el ciclo.

La aporía intrínseca del capitalismo radica en que no puede mantener el pleno empleo sin previamente invertir de la manera más conveniente para la economía nacional.

Pienso que si el Ser Humano valorara más la seguridad que la libertad (una idea que creo pragmática en vez de la adoración ingenuo de una –llamemos– “libertad absoluta” y, a la postre, imposible por una suerte de incompatibilidad lógica), hay que tener en cuenta estos argumentos económicos.

– P. 193: Con el aumento de la productividad la jornada laboral ha ido achicándose, pero, como he señalado en el capítulo anterior, con un enorme desequilibrio entre el rápido aumento de una y el lento descenso de la otra. Que haya que trabajar menos horas para que todos puedan tener trabajo parece de sentido común, pero se constata una fuerte oposición empresarial a repartir el trabajo, prefiriendo que una persona trabaje jornadas laborales largas, incluso si fuese preciso haciendo horas extraordinarias, a repartir el trabajo.

Obvio que el empresario rechace cualquier fórmula que implique repartir el trabajo, manteniendo el mismo salario, pero se entiende menos la oposición a repartirlo incluso si no aumenta el coste. Tal vez la explicación sea que un cambio más frecuente de turno conlleve interrupciones con mayores tiempos muertos. En todo caso prefiere una larga jornada laboral para los empleados que repartir el trabajo entre varios, aun en el caso de que el Estado aporte los costes adicionales que origine el reparto.”

En mi caso personalmente opino que sería preferible mejorar el modelo productivo antes que repartir el trabajo, pero en un clima en que se reducen (con posibilidad de estancamiento) las horas de trabajo (indicador más efectivo que la pobre sola cifra de empleos) no es descabellado este reparto como medida social, hasta que se vayan aumentando por un deseable (aunque hipotético) cambio y mejora del modelo productivo, sobre todo si se estancaran.

Además, del libro de Ignacio Sotelo me han interesado mucho el capítulo VI, ‘El desmoronamiento de los partidos’, sobre las “estructuras oligárquicas de los partidos”, y el capítulo XX, ‘Del capitalismo comercial al financiero’, donde nos resume los diferentes tipos de capitalismo que han existido en la historia: 1) comercial, 2) industrial y 3) financiero.

@metronax

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