A los ricos que no pagaban impuestos vino el comunismo y les quitó todo (“Tierra, tierra”, de S. Márai)

En 1920, y tras un breve periodo de república soviética convulsa, en Hungría se afianzó un régimen de carácter autoritario y muy conservador cuya clave de bóveda era el Regente Miklos Horthy, una figura que en mi opinión tiene bastantes afinidades con Francisco Franco. El régimen de Horthy simuló en cierto modo un parlamentarismo, aunque el partidismo estaba restringido y los partidos permitidos que no se adecuaban totalmente a la ideología del régimen eran frenados. El sufragio sólo se daba en las ciudades y era muy restrictivo. Horthy tenía además tendencias antisemitas en contra del judaísmo como religión, aunque no como raza, lo que llevó a que promulgara leyes dando máximos del número de judíos que podían desempeñar ciertos oficios o asistir a la universidad.

Este régimen estuvo obsesionado con la revocación del Tratado de Trianón (1920) que había desposeído a Hungría de gran parte de su territorio, existiendo bastante población magiar fuera de las nuevas fronteras delimitadas. Esto último y su ideología fueron lo que situó a Horthy en la esfera de influencia de Hitler. Entre 1938 y 1941, Hungría recuperó algunos de sus antiguos territorios gracias a Hitler. Sin embargo, en 1944, ante las intenciones de Horthy de abandonar la alianza con Alemania y sus conversaciones con los Aliados, dadas las posibilidades de invasión soviética, los nazis lo forzaron a dimitir secuestrando a su hijo y arrestando al propio Horthy tras ello, colocando al frente de Hungría al líder de los “Cruces flechadas” (la versión húngara del Partido nazi). Tema que se narra en la reciente película “Walking with the enemy” con Ben Kingsley en el papel de Horthy. Los soviéticos invadieron Hungría, mientras que los alemanes y húngaros retrocedían. Cuando llegaron los soviéticos a Budapest, los militares decidieron hacerla ciudad abierta, pero Hitler ordenó luchar por ella. Esto produjo un asedio y batalla casa por casa de una ferocidad, crueldad y destrucción tales que se ha descrito como “un segundo Estalingrado”.

Tras la batalla, Sándor Márai se pasea por las ruinas del Barrio del Castillo de Budapest, reflexionando. Así lo describe en “Tierra, tierra” y quizás hoy día también sus pensamientos sirvan para algo. O no.

Ruinas de los palacios del Barrio del Castillo de Budapest en 1945. A la izquierda, se aprecia parte de la barroca Columna de la Trinidad.
Ruinas de los palacios del Barrio del Castillo de Budapest en 1945. A la izquierda, se aprecia parte de la barroca Columna de la Trinidad.

Esas calles –las de los alrededores del Palacio Real, de la sede del Primer Ministro y de los principales ministerios- constituían el “piano nobile” del entramado social de Hungría. Tras el cerco, cuando ya no quedaba nada de él, de toda aquella noble arquitectura, me acordé al pasar de algunos nombres y algunos rostros. Por las ventanas rotas de los palacios del Barrio del Castillo podía asomarme al interior de los salones donde habían vivido los favorecidos de la sociedad húngara. […] Yo caminaba bajo aquel sol de marzo, por el paseo del Bastión de los pescadores, echando un vistazo a algunos de los conocidos salones, y llegué a la conclusión de que esa capa de la más alta sociedad húngara no era peor que la casta de los favorecidos de cualquier otro país. No era peor que las capas más altas en la sociedad francesa o inglesa, sólo más distraída: se olvidaban de pagar impuestos.

 […] Los grandes nobles húngaros no pagaban esa carga impositiva, obligatoria y filantrópica, y quienes vivían en las casas del barrio del Castillo prefirieron aguardar a los Cruces flechadas y a la redistribución comunista, pero nunca pagaron sus impuestos.

 No querían aceptar su obligación a pagar porque no querían comprender que había una vía intermedia: la alternativa estaba en pagar los impuestos debidos o en rendirse a la anarquía y al bolchevismo. En una de esas mansiones ahora en ruinas había vivido, por ejemplo, un hombre con un apellido nobiliario histórico, muy culto y educado, que coleccionaba cuadros de pintores impresionistas franceses y cuernos de rinocerontes centroafricanos. Él sabía perfectamente que ‘debía hacerse algo’, y con un valioso cuerno de rinoceronte en la mano exponía sus ideales progresistas ante sus visitantes. Pero al final tampoco pagaba. […] Aquel hombre sabía también que se había agotado su milenario papel histórico y cuando aparecieron las tropas rusas en Hungría no intentó hacerse amigo de los comunistas ni sellar pactos con ellos porque había leído a Chateubriand –recuerdo su biblioteca llena de clásicos franceses- y aprendido que “el poder que se degrada y empieza a regatear con sus enemigos nunca tendrá clemencia”. Los más destacados miembros de esa clase histórica intentaron perder con elegancia, o al menos no se pusieron a mendigar con una gorra en la mano a ver si les daban una limosna los que acababan de arrebatarles todo.

@Villaumbrosa

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A los ricos que no pagaban impuestos vino el comunismo y les quitó todo (“Tierra, tierra”, de S. Márai)

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