Lo que queda de la Monarquía austrohúngara

Tal vez mi interés por la Monarquía austrohúngara (o Imperio austrohúngaro) tenga que ver con mi gusto de siempre por la Belle Époque y por el amor a mi pareja húngara y su tierra. Además, en un momento en el que los nacionalismos están ahí enredándolo todo, ¿no es maravilloso hablar de una entidad política multiétnica, cuyos intelectuales, quizás por ese intercambio cultural perenne en el que vivían, abrieron nuestro pensamiento actual?

Hoy, día de año nuevo, en el que mucha gente ha visto esta mañana el concierto desde Viena lleno de valses de la época imperial, con esa nostalgia que se siente en Viena por el pasado perdido, creo que es oportuna esta entrada.

Hace unos meses leí “Réquiem por un imperio difunto. Historia de la destrucción de Austria-Hungría” del pensador, ensayista y político Ferenc (o Francis) Fejtö. Ahí expone que Austria-Hungría, en contra de lo que se suele afirmar, no se desmembró por una circunstancia inexorable, sino por intereses nacionalistas (el checo, principalmente) y el de ciertos políticos de los países aliados.

Sus últimos párrafos, con esa nostalgia que los húngaros saben transmitir tan bien, me parecieron de gran interés. Guardo un gran recuerdo de ellas, pues las leí además en casa de mis suegros en Nagykanisza (Hungría) lugar de nacimiento de Fejtö. Aquí van destilados.

El espacio que comenzó a llamarse tímidamente “Mitteleuropa”, en vez del nombre de Europa del Este que los geógrafos y los historiadores les habían dado -como para justificar Yalta- lleva la marca de los cuatro siglos de dominación, a veces brutal, pero a menudo ilustrada, de los Habsburgo, que consiguieron crear una administración que, a pesar de sus taras y su burocratismo excesivo, funcionó desde Praga y Galitzia hasta Bosnia-Hercegovina. Un espacio económico unificado, urbanizado, un crisol de pueblos que, casándose entre ellos y detestándose, asimilándose y oponiéndose, crearon una cultura diversificada en la que cabía el español, el italiano, el checo, el eslovaco, el húngaro, el rumano, el polaco y el serbio, el croata y el veneciano -una especie humana con sensibilidad y mentalidad distinta a las de las grandes naciones del Oeste y del Este, de los franceses, de los ingleses, de los alemanes y los rusos.

La capital de esa sinfonía polifónica y a menudo cacofónica era Viena. Esa Viena que, en 1914, de una población de más de dos millones de almas, contaba con más de cuatrocientos mil checos, incluso ahora, no abrimos el listín telefónico sin encontrar en cada página una mayoría de no-alemanes, -una Nueva York “avant-la-lettre”, a medida de Europa Central.

[…] Lo esencial de eso que Musil, maliciosamente, llamó “Kakania” era una atmósfera de cosmopolitismo indolente, una participación en el “gran mundo” permaneciendo alejado de las ambiciones desmesuradas de los grandes, donde se podía coger el tren en Viena, en Budapest o en Cracovia y pasar el fin de semana en Trieste o en Fiume, o todavía ir a Karlsbad (que hoy se llama Karlovy-Vary) para encontrar todo lo que era importante en Europa […]

Esa Mitteleuropa es hoy el símbolo de una ocasión perdida: la federación en lugar del divorcio y del abandono fatal de lo más intenso de sí. Pero curioso regreso de las cosas: se tiene la impresión de que una cierta nostalgia une en nuestros días a los pueblos danubianos más ciertamente de lo que separan las fronteras; el divorcio los ha acercado a Viena, antaño dominadora y en el presente, privada de Su Majestad Imperial, parecida a ellos y provinciana.

Lo que no deja de sorprender al observador y al historiador es la vitalidad, la capacidad de resistencia de la que los pueblos del ex-imperio han dado prueba en el transcurso de los últimos decenios. La ideología con la que se intentó transformar al “homo habsburgiensis” en un nuevo tipo de hombre, el “homo sovieticus” ha pasado sobre ellos sin cambiarlos fundamentalmente. Después de una larga noche de pesadilla, se encuentran conscientes de su identidad no solamente nacional, sino también supranacional, y de las tradiciones que los unen al resto de Europa, reanudada con su historia común y distinta. Quizá ahí, en el desarrollo de un sentimiento de solidaridad, de una clara conciencia centroeuropea, es donde la Historia puede ver los únicos bienes que pueden desprenderse, para los pueblos del antiguo imperio, de dos guerras y dos paces padecidas

Justo la mañana del día en que leí el texto de arriba, visité Székesfehérvár, antigua ciudad húngara de gran importancia (en ella estaba la basílica de coronación de los reyes húngaros), destruida en las invasiones otomanas y reconstruida en el XVIII como ciudad barroca. A la luz de alguna cosa que vi en ella dentro de mis intereses particulares y que abajo expongo, el texto cobró aún más luz. Aunque muy personales, no quiero hurtar a nuestros lectores (qué pretencioso esto de que tengamos lectores) mis pensamientos y experiencias.

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La foto muestra el interior de la Iglesia de los Cistercienses de Székesfehérvár, templo del barroco habsbúrguico construida durante el reinado de la Emperatriz María Teresa para los jesuitas y, tras su expusión, ocupada por los cistercienses. Bellos frescos cubren todo, mostrando muchas huellas de bala: en efecto, los nazis ametrallaron los frescos en 1945 durante su retirada de Székesfehérvár. Hitler odiaba a los Habsburgo y su imperio multiétnico, por lo que el “fusilamiento” de los frescos barrocos habsbúrguicos no deja de tener su simbología, buscada o no. Al subir al coro para ver el órgano, me encontré con que había sido realizado por la Casa Angster en 1949. El patriarca de la casa Angster estudió organería con el gran organero francés Cavaillé-Coll en París en la década de 1860, nutriéndose de la vanguardista organería internacional -el cosmopolitismo- para que el estado comunista, en 1949 precisamente, se adueñara de la casa, convirtiéndola en fábrica de muebles.

Y a pesar de ello, el “homo habsburgiensis” mantiene su identidad: hace algún tiempo se hizo un homenaje a los Angster con asistencia de Jorge de Habsburgo-Lorena y hoy, poco a poco, los frescos de la iglesia se restaurar, disimulando las heridas de bala que tienen.

@villaumbrosa

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